domingo, 25 de marzo de 2007

Final Abierto

Una noche del año 2000, llegaron miles de personas, al Nuevo Pachacútec, en camión. Llegaron sin saber, que eran parte de la estrategia publicitaria de uno de los candidatos a la presidencia. Llegaron con esteras, agua y hasta una posta de salud y tuvieron todo, hasta que se acabó la campaña.
Dos años después, emergió en un grupo de personas, lideradas por un sacerdote, la inquietud por atender a aquellos que tenían deseos de aprender y desarrollarse como profesionales, ampliando sus oportunidades. Ellos querían demostrarles, a los pobladores pobres, que su dignidad no era un producto que se adquiría por tener dinero, sino por el hecho de ser seres humanos. Nació así el Proyecto Universidad Católica Callao, sin una mentalidad asistencialista, sino creyendo en que el bien individual- yo puedo estudiar en instalaciones limpias-, se sustentaba en un bien colectivo- que todos puedan estudiar en instalaciones limpias-, tal como lo propone el enfoque de Responsabilidad Social.

Cuatro años después, llegaron un grupo de estudiantes de la PUCP a visitarlos, como parte de su curso de Ciudadanía y Responsabilidad Social. Ellos no sabían a dónde iban y no habían mayores referencias para orientarlos. Ventanilla era prácticamente un desierto en el mapa de la ciudad. El único indicio de que estábamos cerca, eran las propagandas electorales que ofrecían “salud y desarrollo”. Salud y desarrollo para millares de casas y familias, que viven entre cerros, tras muros sin pintar, bajo techos sin esteras, por lo que se filtra la lluvia y el sol. Buses cisterna que les traen agua, niños y madres cargando botellas con agua. Suelo de arena que lija sus pies ¿Cómo estarán sus pies, después de tanto andar, en la misma arena, viendo el mismo paisaje, igual, cada día?
Pies cansados y heridos. Ojos tristes y aburridos de ver siempre lo mismo. Impotencia e injusticia en su pensamiento, porque todo es igual, nada ha cambiado y parece que nada va a cambiar. ¿Cómo se puede hablar de desarrollo acá?

El desarrollo no es un regalo, que llega como una donación y se acaba al agotarse el espíritu filantrópico del “buena gente”. El desarrollo se construye y lo construye la gente que se compromete con él, la única que tiene la potestad de arriesgarse, en búsqueda de la ampliación de su libertad; aún cuando, al parecer, la pobreza se ha llevado toda fuente de libertad. Esta gente, a veces, no tienen qué comer y si el camión cisterna no los ve por el camino, tampoco tendrán agua potable ese día. La educación y la salud parecen ser servicios para privilegiados, para otros. Y con todo esto, cabe dudar si uno puede desarrollar capacidades para salir adelante.

Sí se puede, pero el camino es desafiante.
Se necesitan condiciones, oportunidades y capacidades equitativas, para contrarrestar las fuerzas que promueven la inequidad. Se necesita que el Nuevo Pachacútec sea competitivo, no en términos de productividad, sino como una característica para promover el progreso de la comunidad en la que se desenvuelven. Para esto, solo se necesita compromiso y capacidad de inventiva; y el Proyecto Universidad Católica Callao, cuenta con ambas cosas.

Esta institución, que busca preparar profesionalmente a todo joven de Ventanilla que haya concluido la secundaria, ha dado origen al trabajo integrado de un conjunto de actores sociales, que parecía que, ni si quiera San Martín, con su platos de comida y de agua, podría unir, como al gato, al perro y al ratón. El Proyecto Universidad Católica Callao sí ha podido unir a empresarios, como Gastón Acurio, y a empresas, como Repsol y Telefónica. Este Proyecto ha hecho posible el trabajo articulado entre el gobierno central, regional y local. Pero este Proyecto también convoca a monjas de claustro, universidades, el BIF y a otros actores de la sociedad civil. Y todos estos “comprometidos”, no por la garantía de un anillo con brillante, sino por el deseo de ver brillar este Proyecto; se han arriesgado a participar en esto, sabiendo que esto los transforma y cuestiona su papel como ciudadanos.
Con pocos recursos y con un buen objetivo a perseguir, el Proyecto Universidad Católica Callao, está creando un ambiente tranquilo para estudiar, reflexionar y dar origen a un montón de nuevas ideas; todo esto, sin ruido, con vista al mar, con sensación a libertad. Pero he aquí un problema.

La infraestructura, el paisaje y el clima de convivencia que se vive en la Universidad, no es el mismo que estos jóvenes viven el sus casas, en su día a día. La Universidad pronto tendrá áreas verdes y, hasta el momento, ya cuenta con un par de canchas deportivas y con aulas que se adaptan para enseñar baile y teatro los sábados. El vecindario, por el contrario, apenas tiene arena y vista al mar, pero no hay espacios recreativos ni áreas verdes y el mar no le habla de libertad a los pobladores. En la Universidad tienen agua potable y desagüe, en sus casas esto es un lujo que no pueden solventar y que las autoridades no están interesadas en proporcionar.

Contrastes, esta palabra ronda mi cabeza de futura Comunicadora para el Desarrollo. Y llego a una conclusión: no es cuestión de crear algo que solucione estos problemas, es cuestión de dejarlos crear, a ellos. Yo, como Comunicadora para el Desarrollo, podré diseñar e implementar prácticas creativas de comunicación para “mejorar su calidad de vida”, pero no tengo espíritu filantrópico, porque prefiero ser socialmente responsable, prefiero participar también en el proceso de transformación que implica esto. Por ello, les propondría a estos jóvenes, que se atrevieran a ser agentes de su propia historia y, si aceptan, tendrían que resignarse a pensar día y noche, cómo podrían disminuir esta brecha entre la Universidad y el escenario cotidiano de sus vidas. Yo estaría ahí para asesorarlos en la creación e implementación del proyecto. Yo podría contarles mi experiencia con otros proyectos, como el de Educación Sexual en Curahuasi o el de Teatro Intercultural en Pucallpa; y todo esto sería para alentarlos a no desistir en el intento, porque aunque comiencen en cero, podrán llegar lejos. Todo depende de ellos.

Empleando las herramientas de la comunicación, también podríamos crear juntos, propuestas para difundir lo que hace la Universidad. La idea sería invitar a nuevos actores a transformarse con nosotros. Lo interesante de esta propuesta, es que integraría, además de los estudiantes, a los que trabajan y están a cargo de este Proyecto Universidad. Imaginémonos sentados en una mesa a un grupo de estudiantes con un par de sacerdotes, junto a unas cuantas monjitas, con algunos empresarios, que no paran de hablar con los rectores de las universidades y estos, a su vez, con los representantes de los gobiernos centrales, regionales y locales. Suena bien, huele a debate y se ve efectivo; solo falta probarlo.

Por el momento, tal vez mi presencia pueda servir de apoyo. Aún me falta aprender muchas cosas en facultad, para poder ponerlas a disposición, y a prueba, en este Proyecto. Pero yo soy una convencida de que el Desarrollo no es algo que te espera. ¿Si no cómo puedo decir que soy libre? Mi propio bienestar no es posible sin el de quienes me rodean. Tal vez yo no vea a Ventanilla cuando miro por la ventana de mi cuarto y, probablemente, ellos tampoco me ven de sus casas. Pero veo el mar y esto nos une. Ya los conocí y esto me impide continuar sin tenerlos en mente. Y no voy a trabajar por “mejorar la calidad de vida de los pobladores”, o de los jóvenes. Voy a mejorar también mi calidad de vida, si es que entendemos por ello, no sólo la satisfacción de las necesidades básicas, sino también la apertura a nuevas oportunidades, para crecer. Y como el crecer es parte de un proceso sin final, me atrevo a dejar esta última crónica sin punto final, porque aún faltan muchos caminos por recorrer

Inspección Sur

Estaba a punto de preguntarle dónde estábamos exactamente, cuando una mototaxi irrumpió mi voz, mi vista y, por poco, mi vida. San Juan de Miraflores me daba, de esta peculiar manera, la bienvenida a una de sus avenidas principales: la concurrida ”San Juan”. Habían sido más de ochenta minutos en micro desde la universidad. La Marina era nuestro punto de partida. Atravesamos Javier Prado hasta llegar a Camino Real. El óvalo Gutiérrez, Pardo, Larco, Benavides, Caminos del Inca, Tomás Marsano, “la Bolichera” y, de pronto, el puente Atocongo y los grandes edificios de FONAVI anunciaron la llegada a este territorio desconocido.

Unas risas nos aliviaron del susto y empezamos la caminata por esta zona comercial. Mucha gente transitaba entre nosotras, algunos incluso “interrumpían el paso” cuando se concentraban alrededor de un vendedor de CDs o DVDs piratas. Otros no entraban en las veredas, porque caminaban juntos, como los muchachos del barrio que andaban con pinta reggaetonera por las calles, lanzándoles singulares piropos a las chicas.

Ruido, velocidad y más reggaeton. Vendedores ambulantes de buzos y aretes, para las señoritas; y el provocativo choclo con queso para todo aquel que tuviera hambre o un antojo. Era impresionante la cantidad de locales de comida que había: más de siete pollerías en la misma avenida y tres anticucherías en una misma cuadra. A pesar de la amplia oferta, no se trataba de negocios que padecían la constante lucha por la competencia. Había sitio para todos y todos llenaban estos locales. Al fin y al cabo, los precios y los establecimientos eran muy semejantes.

Ofertas, un poquito de salsa cubana, bocinas, más ruido y empezamos a alejarnos del ruido.
Mientras me contaba que estábamos en la denominada “Zona A”, Adriana me guió por unas callecitas, hasta que llegamos a su casa: un recinto de tres pisos, pintado de azul y rodeado por altas rejas negras. En la puerta, nos encontramos a su abuelito, un huancavelicano encantador que estaba felizmente casado con una cajabambina y que vivía contento porque tenía a su familia cerca, muy cerca, en un área independiente, pero arriba de ellos. Esta misma dinámica se repetía en casi todos los hogares de la zona. Prácticamente no había edificios por allí, sino casas de dos o tres pisos construidos o por construir.

Detuve el paso.

Después de haber caminado por algunos minutos, las calles simplemente me parecían filas repletas de casas. Me sentí realmente ofuscada. Quería liberarme de un espacio que me había aprisionado, sin permiso alguno, entre construcciones, bajo el cielo gris que cubre a aquellos que viven en la valorada capital. Necesitaba libertad y pensé en un parque. Adri me llevó inmediatamente al “Parque Verde”, pero las rejas que lo cercaban estaban cerradas. La idea era proteger las instalaciones, de todo aquel transeúnte que pudiera deteriorar la cancha de fulbito o los juegos para niños. Una razón justificable, dado los antecedentes; pero a la vez frustrante para quien deseaba un espacito de libertad y lo tenía entre rejas.
Seguimos caminando. Llegamos al “Parque Rojo”, que no tenía ni un puntito de este color. Aunque era más pequeño que el anterior, también tenía al centro una cancha de fulbito y un partido en marcha. Aparentemente, a la mayoría le gustaba jugar pichangas y también, bailar salsa. DAN DEN, el grupo Niche y Marc Anthony fueron los favoritos de los hogares que estaban en el camino hasta la comisaría y la parroquia.

Eran aproximadamente las seis de la tarde. Poco a poco, las callecitas y los pasajes empezaron a perder su tranquilidad. Era la hora de salida del turno de tarde, de dos colegios estatales. Fue una experiencia realmente curiosa, porque no estaba viendo niños y adolescentes vestidos con el típico uniforme único. Eran centenares de chicos que salían de colegios que no estaban pintados con el anaranjado que caracterizaba a todos los centros educativos construidos por el ingeniero Fujimori y, al parecer, estas distinciones eran fruto del trabajo de una APAFA organizada. Pero además de estas diferencias institucionales, los colegios también se habían convertido en un blanco distinto, pero estratégico, para los vendedores de comida. Era imposible dejar de percibir el olor de un “perrito caliente” en una parrilla. El señor de los algodones color rosa ya había vendido todo. Pero tranquilidad señores, aún quedaba canchita salada o dulce para todos los gustos y si les sobran unas moneditas también pueden jugar en los tragamonedas de Pokemón y sus amigos, que están en las bodegas más cercanas.

Derecha e izquierda. Yo continuaba sorprendida con la cantidad de pequeños que se concentraban en torno a una de esas maquinitas que sencillamente de dedicaba a tragarse sus monedas y lucrar de ello. Pero mi sorpresa se convirtió en indignación cuando llegamos a la pequeña plaza que unía la Comisaría y la Parroquia, y otro grupito de chicos, de no más de siete años, estaba pegado a los botoncitos de ese vicio. ¿Eran ciegos los policías? o ¿también les gustaban las maquinitas? ¿La Iglesia no exhortaba acaso a sus fieles, para que dejaran todo vicio? o ¿los niños no estaban incluidos en este grupo? Vaya dudas.

Ya empezaba a anochecer y tenía que tomar el bus de regreso. Sin embargo, no me fui sin ver, desde aquella cuestionable plaza, dos grandes cerros repletos de lucesitas. Adri me explicó que estaba viendo Villa María del Triunfo y Villa El Salvador, y yo no pude pronunciar palabra alguna. La vista era verdaderamente impresionante, impactante.

La 73 A me ofreció un asiento para el regreso. A los pocos minutos, llegamos al cementerio Santa Rosa y lo demás era camino conocido, Chorrillos y Barranco. Yo seguía atónita. Mi cabecita cuestionaba muchas cosas pero, entre ellas, la principal era el contraste entre zonas tan aledañas. Empecé a preguntarme cómo podía sentirse un chofer que manejaba por conquistadores de San Isidro, Larcomar de Miraflores, y también por Pamplona, Villa María, San Juan de Miraflores, Chorrillos y Barranco. Cuántos contrastes ha de experimentar en un mismo día, probablemente ya sea para él una cuestión de costumbre, pero es inevitable reconocer que Lima es una y miles a la vez.

Ahora yo podía agregarle unos cuantos trazos a mi mapa. Sin embargo, la experiencia ya no me permitía conformarme con eso. Quería algo más, tal vez conocer más para reconocerme realmente como ciudadana.

Tráfico (para mirar)

Cruce de Bolívar con Universitaria. Brazo derecho extendido y el cobrador de la 148 baja del bus para que podamos subirnos allá atrás, “donde hay sitio”. Según la señora sentada al costado de Nubia, nos demoraremos, como mínimo, 40 minutos en llegar a Mega Plaza. Claro, si tenemos suerte, porque son casi las seis de la tarde y la gente empieza a salir a las calles para regresar a sus casas.

La Universitaria se prolonga cada vez más. Pasamos por San Marcos, hasta llegar a la Av Benavides. Pero no se trata de una avenida caracterizada por tener numerosas tiendas, entre farmacias, restaurantes y casinos. Esta Benavides casi no tiene establecimientos de este tipo, sino grandes terrenos cercados por muros pintados con la propaganda electoral de las próximas elecciones municipales. Desde luego, tampoco pasan desapercibidos los carteles con letras fosforescentes, que revisten estas paredes, anunciando la fecha y el lugar del aclamado “Festival Internacional de la Salsa”.

Tráfico.
Se me concede un periodo extenso de tiempo para observar la calle y una palabra asalta mi pensamiento: informalidad. Desde la ventana de mi asiento, veo una variedad de vendedores ambulantes, desde quienes te ofrecen habitas y maní, hasta los que te venden papel higiénico Elite. Desde luego, este detalle no es característico de esta ruta, sino que funciona como una especie de “servicio plus de ventas no solicitado” que brinda el personal no contratado por el transporte público de nuestro país. Seguimos indagando. Muchos restaurantes ofrecen “menú” a cambio de unos cuantos solcitos. Las infaltables pollerías están repletas de parejas; mientras que, las cabinas de Internet están saturadas de jóvenes que entran al MSN o se envician con uno de estos nuevos jueguitos electrónicos. De pronto, sigue una encadenación de consultorios odontológicos. ¿Tantos dentistas, tan cerca?- me pregunto. Ello implica competencia por captar clientes. Cuestión de precios y, por lo general, un precio menor implica un servicio con recursos de menos calidad. ¿Estamos hablando, acaso, de un mercadeo de la salud? Informalidad, otra vez asaltas mi mente.

Tráfico.
Ahora mi atención se centra en las casas y demás construcciones. Un número significativo de estas están a medio acabar. Por lo general, se trata de un tercer piso inconcluso o casas de ladrillo “en casco”. Las veredas presentan acentuados desniveles y si no es un sitio que colinda con algún establecimiento público, es mejor caminar con atención porque la escasa iluminación, en algunas zonas, puede provocar una caída o un asalto.

Tráfico.
Momento de ver cómo se comportan los transeúntes. No hay mucha diferencia con los de otras rutas, simplemente, hay mucho más movimiento. Hombres, mujeres, estudiantes y trabajadores se desplazan de un lugar a otro. Algunos se detienen en la esquina para comprarse un emoliente, otros esperan “su carro” en éstas o donde les sea más cómodo, siempre y cuando no haya un policía por ahí. Los carros están repletos y la gente, cansada.
Ahora observo a los pasajeros. Los afortunados duermen en sus asientos, abrazando sus pertenencias para que no sean arranchadas por un “choro”. Los que están de pie, parecen jugar “gelatina” con cada frenada que da el conductor. Pero nadie protesta. Al fin y al cabo, todos terminamos acostumbrándonos a los “correteos”. Y aunque no creo que este conformismo sea una costumbre muy positiva, parece que también se ha ganado una “carta de ciudadanía”.

Ya en la Panamericana, el paisaje cambia. El SENATI nos avisa que falta poco para llegar a Mega Plaza. “Bajo en el puente”. El carro se detiene y los ruidos de los carros, acompañados por una sinfonía de cláxones, nos dan la bienvenida al mega centro comercial. Son las 7:40 pm, hora de regresar. No obstante, la curiosidad por conocer este lugar nos obliga a coordinar otra fecha para regresar. Es momento de ir en busca del bus de regreso y para ello debemos cruzar el puente. Muchos suben y bajan, se siente el temblor que los micros originan en el piso de los puentes. Las tres estamos muy atentas y nerviosas. Caminamos con “paso ligero” hasta llegar al otro ladote la pista, donde un “datero” nos dice que ya no pasan micros para la Universitaria, a esa hora. Histeria! No conocemos bien el lugar y nos da miedo que nos roben el carné universitario o nuestro par de soles, porque, desde luego, no llevábamos puestos ni aretes, ni relojes, ni portábamos carteras. Felizmente una 148 vino a nuestro rescate, aunque, esta vez, con menos pasajeros. Aparentemente, la mayoría se desplazaba hacia Los Olivos o algún lugar específico del Cono Norte.

Tráfico, para la reflexión final.
Es curioso, después de todo no habían tantas diferencias entre el servicio de transporte de esta ruta con las demás. En la mayoría de casos, los pasajeros y transeúntes se comportaban de modo homogéneo. Sin embargo, la sensación y el nivel de alerta, que nosotras dispusimos para este viaje, fueron más intensos. Es que, no estando muy lejos de nuestro espacio cotidiano, este alrededor nos resultaba extraño, produciendo desconfianza y temor. ¿Fuimos precavidos, entonces, al despojarnos de todos los objetos de valor? o ¿fuimos prejuiciosos y temerosos con antelación? Creo que tiene que ver un poco con ambas interrogantes. Lo conocido suele inspirar seguridad y tranquilidad. Sin embargo, no somos conscientes de que las calles por nuestras casas son igualmente inseguras y peligrosas. Y no queremos ser consientes. Nos basta con lo que conocemos y pensamos. Pero los ciudadanos verdaderos no viven en burbujas, señores. Ellos radican en la comunidad política y, en este sentido, tienen que empezar a eliminar o reforzar toda idea previa que tiene sobre lo que “le es ajeno”.

Ya no hay más tráfico. La hora punta ha terminado y coloca el punto final de esta memoria

Por ti, aguanto tanto

Todo comenzó con una llegada accidentada: eran las 8:30 pm, yo estaba en mi casa en Barranco y sólo tenía treinta minutos para llegar a la PUCP. No estaba dispuesta a perderme el concierto de Agua Marina y el destino conspiró para no perderme aquella nueva experiencia.

9:00pm en punto. Quince alumnos del curso de Ciudadanía y Responsabilidad Social reunidos en la puerta principal de la universidad, ansiosos por partir rumbo al esperado concierto. Pero, de entrada, ya había una gran diferencia. Íbamos a un concierto, pero ninguno estaba vestido como usualmente lo haría para ir a un espectáculo en el Monumental o en el Jockey. Más nos importaba estar abrigados y “acorde con la situación”, esto es: con zapatillas (porque seguro el piso era de tierra), sin celular (para evitar que se lo robaran, aunque algunos no se libraron de tal desventura), las mujeres sin maquillaje ni joyas y los hombres sin gel. La idea era “pasar desapercibidos”; en fin, que a menos valga el intento.

En el camino, era claro el contraste entre nuestro bus tipo escolar vs una gran cantidad de micros, combis y custers que andaban repletos. Poco a poco, el recorrido se fue haciendo más desconocido, hasta que se impuso ante nuestra mirada el gran Mega Plaza. Puedo jurar que jamás había visto tal movimiento de gente en un centro comercial. Eran más de las nueve de la noche y los compradores (porque la mayoría salía con bolsas) seguían entrando y saliendo. Continuamos recorriendo la Panamericana Norte. De pronto, apareció ante nosotros otro local gigante. La música nos tentaba seguirla; era DAN DEN y su Torbellino de amor que cantaba esa noche. Llegamos al óvalo “El Naranjal”. Saltaba a la vista el contraste entre los dos extremos de la vía. A un lado, la carretera con grandes locales, luces y más pistas. Al otro, un cerro repleto de gente; al menos así lo hacían aparentar los miles de puntos amarillos luminosos que provenían de estas viviendas. Empezaba a hacerse evidente el contraste entre espacios contiguos, cercanos, pertenecientes a un mismo país.

Y llegamos. No tuvimos otra opción que comprar reventa, para ingresar sin hacer cola; hecho discutible, definitivamente, pero que no tiene caso discutir en este breve espacio. Momento de la curiosidad: ¿quiénes eran esos muchachos que llegaban en una custer? ¿Acaso una orquesta? Maybe extranjeros no? No señorita, somos peruanos que venimos a ver el concierto. Ok, trato cerrado y todos adentro del “HuaraLino”.

El local era enorme y el escenario no se quedaba atrás. Luces, pantalla gigante, todo la familia Quiroga Querevalú en escena con sus instrumentos y las infaltables bailarinas con atuendos de lentejuelas azules y blancas. Un carro amarillo 0 kms y algunos electrodomésticos, junto con una imponente torta de cinco pisos, adornaban los extremos del escenario. Aguamarina celebraba su tercer aniversario “sacando la casa por la ventana” y eso era sinónimo de su éxito.
Caminamos en medio de la gente, en búsqueda de nuestra ubicación. Todos bailábamos en filita mirando al escenario, como niños impresionados con el show de alguna de sus inolvidables fiestas infantiles. Éramos nosotros entre vendedores de cigarros, caramelitos, chocolates y agua. Nosotros en medio de grupos de jóvenes y adultos en ronda; cercando, cuidando y divirtiéndose alrededor de una caja de cervezas, hecho que ya no me parecía extraño. Hacía tres semanas, yo acababa de regresar de la Sierra y había visto algo similar. Todo iba indicando, efectivamente, que en este concierto habían peruanos provenientes de provincias o hijos de tales; cuestión que hacía más rica y profunda la experiencia, pero que también señalaba diferencias.
Y ¡llegó la hora de bailar! Tras rechazar mi iluso deseo de moverme al ritmo de las bailarinas del escenario, me dediqué a disfrutar del rico ritmo de las canciones. De pronto, una palmadita en el hombro me sugirió una invitación a bailar y así empecé a bailar con Julio.
Julio era piurano, fiel seguidor de sus paisanos de “Agua Marina”, en concreto: el fan ideal. Entre el baile y el canto, porque debo confesar que se sabía todas las letras, me preguntó de dónde venía. “De Barranco”- le respondí y, casi de inmediato, él dijo “Ah, de Lima”. En ese mismo instante sentí la brecha, la distancia, la lejanía que implicaba su afirmación. En efecto, él me comentó que le parecía raro que “una chica como yo” asistiera a uno de esos conciertos, en lugar de estar bailando pop o salsa en una discoteca. Creo que en ese instante me dio cólera la perspectiva que este joven tenía de “los de la capital”. No era culpa suya, en efecto, sino del comportamiento discriminatorio de este grupo capitalino, que ha calado en el pensamiento de todos los peruanos. El menosprecio, el desdén y la discriminación , como bien decía un antropólogo de la PUCP, se habían ido ganado una carta de ciudadanía en nuestro país. Julio, que había venido a Lima a trabajar hacía cuatro años, ya lo sabía y lo sentía.
Seguimos bailando. Era mi turno de contarle mi opinión sobre la cumbia de Agua Marina, situación bastante curiosa. Los dos concordábamos en que nadie podía negarse a bailar al tono de esta música; pero mientras que, para mí, muchas canciones eran similares porque se referían al mismo tema (usualmente un amor despechado); él me respondió, al son de Tu amor fue una mentira, que cada canción era única, porque expresaba lo que ellos sentían en situaciones diferentes. Incluso el estilo del canto hacía que sienta más cercana la canción; esta era la voz más propia de lo que experimentaban en la cotidianeidad. Aquella voz llorosa no solo era expresión de tristeza o frustración, sino también una fuente de fortaleza, “de alegría de vivir”- como decía Julio. Por ello, “aguantamos tanto”. Y este fue su comentario final. Las condecoraciones en el escenario y la aparición de Marina Yfac no permitieron que concluyéramos esta breve conversación.

Regresé a bailar con el grupo de la clase y Alejandro, un amigo de Julio, me invitó a bailar. Él era cajamarquino y esa noche era la primera vez que asistía a uno de estos conciertos. Apenas le respondí la misma pregunta de mi lugar de procedencia, me dijo que se notaba que era “estudiante y culta”. Con paso fino, yo traté de explicarle que eso de “culta” no me había sonado del todo bien, en especial porque era como un sinónimo de un sentimiento de más y menos, donde él era el “menos ilustrado” y yo “la erudita”. Pero Alejandro no le concedió tanta importancia a mi comentario y, en su lugar, me ofreció una chelita. “No gracias”- le dije mientras le contaba que no me gustaba tomar. “Entonces una gaseosita”- respondió, y yo agregué un “No, gracias. Tal vez más tarde”. “Ya, pues, al menos un cigarrito”, pero debí confesarle que no fumaba y jajajajaja, los dos terminamos riendo. Entre risas, me preguntó porqué mis amigas no bailaban y yo no supe muy bien qué responder. A él le parecía extraño que yo hubiese aceptado su invitación a bailar y yo ya no sabía cómo hacerle entender que no tenía ningún problema con ello. Nuevamente la cultura y los prejuicios, sin pedirnos permiso, empezaban a bailar entre nosotros.

Eran casi las 2am y teníamos que regresar a la PUCP. Para salir, teníamos que abrirnos camino entre la gente, pero no todos los concurrentes nos miraban bien. Empecé a sospechar que estábamos rompiendo una especie de “norma tácita del baile”, pero creo que lo que sucedía es que era extrañó que quince jóvenes caminaran en filita india, en medio de ellos, que estaban dispuestos a quedarse hasta las últimas en aquel espectáculo.
Finalmente estando todos juntos, regresamos al bus. Lastimosamente, algunos sin todas sus pertenencias. Y fue así como empezó el regreso, una pizca de cansancio y mi cabeza pensando qué rayos tenía que ver todo eso con ciudadanía, democracia o sociedad civil. Faltaba una pieza, recordaba que ciudadanía era “comunidad política” y, en ese sentido, todos los que habíamos estado esa noche en el concierto éramos ciudadanos, pero tal vez no todos pertenecíamos a una misma comunidad cultural.

Ciertamente no éramos miembros de una misma comunidad cultural y esta música era una prueba de ello; algo así como un medio de reivindicación de lo andino en la ciudad. Un canto a su lugar de su origen, un “huayno moderno”, porque quienes viene a la capital son “modernos”[1]. Un canto que despierta la reflexión y nos incita a empezar a considerar que las diferencias no tienen que ser necesariamente problemática. Sólo es cuestión de respetar y dejar de construir barreras. Para ello es necesario CONOCER y este ha sido un ensayo en esto último

[1] Idea extraída de INSTITUTO DE ETNOMUSUCOLOGÍA PUCP, Ciudad Chicha. PUCP: 2005

Reflexiones en el micro

Una vez me preguntaron si tenía historias de taxistas. Probablemente sí, aunque lo primero que se me viene a la mente al pensar en ellos es el miedo. Prefiero mil veces irme en micro, que viajar sola en un taxi; incluso, puedo pagar S/.13 para regresarme a mi casa, desde Miraflores, con tal de sentirme tranquila en un taxi. ¡En fin! Puedo contarles un par de historias de mis travesías en taxi; pero, caprichosa como me conocen algunos, he decidido no hacerlo porque tengo algo mejor que contar. Les presento, a continuación, una historia de los últimos días:


Uno de mis micros favoritos es “el moradito”, mejor conocido como la “T”. Me gusta que sea grande, me simpatizan los cobradores porque suelen ser amables y se alegran cuando uno les agradece al bajar del micro. Los choferes corren poco y yo voy feliz mirando por la ventana una ruta que me agrada, por lugares conocidos en los que me siento “más segura”.

Cuando preparábamos la obra que presentaríamos al llegar a Pucallpa, me percaté de que las escenas en los micros pueden representar muy bien muchas cosas de nuestra cultura, de nuestra cotidianidad, de lo que somos, de lo que seremos.
¿Qué caracteriza un paseíto en micro, para ustedes? ¿Los personajes?, ¿cuál de ellos?; ¿el cobrador, el chofer, el datero, el que se pelea por el medio pasaje, los vendedores ambulantes…quién? O tal vez lo más distintivo es la música ¿Una rica salsa?, ¿qué tal un poco de cumbia o una chicha (no de aquella que me desvanece)? Aunque, pensándolo mejor, el reggaeton le va mejor a las combis y micros de nuestros días, ¿no?

Para mí, la respuesta implica una mezcla de todo y ahí empieza mi problema. Muchos de los componentes de mi escena evocan cosas que no están andando bien, como los vendedores ambulantes.

Los peruanos somos creativos, sí. Hemos aprendido a subsistir, a hacerle frente a la recesión, al desempleo; sí. Pero ese pensamiento no me contenta, al contrario me da cólera. ¿Por qué una señora tiene que pedir dinero para operar a su hija en Neoplásicas?, ¿por qué pequeñitos que deberían estar jugando, suben a cantar y bailar, meciéndose de un lado al otro con las frenadas del micro?, ¿por qué un discapacitado tiene que vender caramelos, en vez de sentarse en el “asiento reservado” y cobrar una pensión digna, mientras desarrolla sus habilidades en algún tipo de taller? Y lo más fuerte de todo: ¿por qué dudo de ellos?, ¿por qué a algunos les doy una monedita y a otros no?, ¿soy una insensible?, ¿los estoy perjudicando cuando “les colaboro”?, ¿qué es lo que se debe hacer?.....Todo esto pasa por mi mente cuando empieza el clásico “Señores pasajeros, discúlpeme por interrumpir su lindo viaje…”

Mientras espero respuestas, seguiré escuchando una de esas tantas canciones de micro, de aquellas que son capaces de trasladarte al pasado, de hacerte reír o entristecer en un mismo viaje.

Hasta entonces, me quedo en compañía de la 94.3, la Mega.

Quién, qué y cómo soy

Detesto que la gente, especialmente los hombres, me hagan sentir “la mujer perfecta”, cuando conversan conmigo y sólo recalcan que adoran mi sonrisa, mi carisma, mi forma de ser. Y, aunque tal vez la alegría sea el rasgo principal de mi carácter, puedo ser sumamente desesperante cuando me gana la terquedad. Por eso, prefiero a los hombres sinceros, capaces de admirar lo bueno y de confesar lo malo. Después de todo, esa es la actitud que pretendo asumir al escribir este autorretrato.

Mi sueño dorado es ser feliz y eso es, al mismo tiempo, mi mayor tormento. No voy a entrar en discusiones aristotélicas sobre qué es la felicidad, pero sí creo que es importante destacar que, para mí, la felicidad no es un estado de ánimo, sino una actividad. Para que yo sea feliz, necesito mejorar cuestiones personales, así como también preciso trabajar con mi gente, para lograr cambios sociales en el Perú.

De lo anterior, se desprende un poco mi ocupación favorita en los ratos libres. Probablemente una imagen nos ayude a explicar esto. Imagínese a una joven señorita, echada en su cama o en el suelo, escuchando trova mientras filosofa sobre las cosas de vida. Esa soy yo y mi soledad, en nuestro momento idílico.

Sin embargo, el que disfrute de mi soledad no significa que sea soltera. En efecto, soy soltera pero tengo enamorado y cada día lo quiero más. Eduardo no es el hombre perfecto, aunque yo creo que “se acerca a lo que yo, simplemente, soñé”, como cantaba Pablo Milanés.

Edu estudia Derecho en la PUCP y nada en el equipo del Regatas. A mí me encanta verlo competir, porque la natación es mi deporte favorito; sin embargo, para mantenerme en forma prefiero la danza. Gracias a él y a la danza he aprendido a conocerme más y a pensar más en mí. De esto se trata, probablemente, la reforma más importante que he emprendido en esta etapa de mi vida.

No me considero una persona caprichosa, pero no voy a negar que me fascina que me engrían. Esto se puede lograr si alguien me invita a comer un lomito saltado, por ejemplo. Para muchos amigos, esto revela mi “complejo de princesa”. De hecho, me gusta soñar, bailar vals, usar zapatos de taco y hablar con propiedad. Adoro las historias de las monarquías, pero creo que soy demasiado realista, a veces, como para ser una mujer de la realeza.

Admiro al Principito por su sensibilidad e inocencia. Creo que yo estoy en un proceso similar al que él emprendió cuando abandonó su planeta. Actualmente, estoy en un estado de descubrimiento del mundo y de mí. Ojalá este viaje no se acabe nunca, porque es sumamente difícil y enriquecedor.

Yo quisiera morir, habiendo aprendido algo el instante antes de dejar este mundo. De la mano de la persona a la que amo, recostada en nuestra cama, deseo cerrar los ojos para volver a despertar juntos en un más allá.