domingo, 25 de marzo de 2007

Inspección Sur

Estaba a punto de preguntarle dónde estábamos exactamente, cuando una mototaxi irrumpió mi voz, mi vista y, por poco, mi vida. San Juan de Miraflores me daba, de esta peculiar manera, la bienvenida a una de sus avenidas principales: la concurrida ”San Juan”. Habían sido más de ochenta minutos en micro desde la universidad. La Marina era nuestro punto de partida. Atravesamos Javier Prado hasta llegar a Camino Real. El óvalo Gutiérrez, Pardo, Larco, Benavides, Caminos del Inca, Tomás Marsano, “la Bolichera” y, de pronto, el puente Atocongo y los grandes edificios de FONAVI anunciaron la llegada a este territorio desconocido.

Unas risas nos aliviaron del susto y empezamos la caminata por esta zona comercial. Mucha gente transitaba entre nosotras, algunos incluso “interrumpían el paso” cuando se concentraban alrededor de un vendedor de CDs o DVDs piratas. Otros no entraban en las veredas, porque caminaban juntos, como los muchachos del barrio que andaban con pinta reggaetonera por las calles, lanzándoles singulares piropos a las chicas.

Ruido, velocidad y más reggaeton. Vendedores ambulantes de buzos y aretes, para las señoritas; y el provocativo choclo con queso para todo aquel que tuviera hambre o un antojo. Era impresionante la cantidad de locales de comida que había: más de siete pollerías en la misma avenida y tres anticucherías en una misma cuadra. A pesar de la amplia oferta, no se trataba de negocios que padecían la constante lucha por la competencia. Había sitio para todos y todos llenaban estos locales. Al fin y al cabo, los precios y los establecimientos eran muy semejantes.

Ofertas, un poquito de salsa cubana, bocinas, más ruido y empezamos a alejarnos del ruido.
Mientras me contaba que estábamos en la denominada “Zona A”, Adriana me guió por unas callecitas, hasta que llegamos a su casa: un recinto de tres pisos, pintado de azul y rodeado por altas rejas negras. En la puerta, nos encontramos a su abuelito, un huancavelicano encantador que estaba felizmente casado con una cajabambina y que vivía contento porque tenía a su familia cerca, muy cerca, en un área independiente, pero arriba de ellos. Esta misma dinámica se repetía en casi todos los hogares de la zona. Prácticamente no había edificios por allí, sino casas de dos o tres pisos construidos o por construir.

Detuve el paso.

Después de haber caminado por algunos minutos, las calles simplemente me parecían filas repletas de casas. Me sentí realmente ofuscada. Quería liberarme de un espacio que me había aprisionado, sin permiso alguno, entre construcciones, bajo el cielo gris que cubre a aquellos que viven en la valorada capital. Necesitaba libertad y pensé en un parque. Adri me llevó inmediatamente al “Parque Verde”, pero las rejas que lo cercaban estaban cerradas. La idea era proteger las instalaciones, de todo aquel transeúnte que pudiera deteriorar la cancha de fulbito o los juegos para niños. Una razón justificable, dado los antecedentes; pero a la vez frustrante para quien deseaba un espacito de libertad y lo tenía entre rejas.
Seguimos caminando. Llegamos al “Parque Rojo”, que no tenía ni un puntito de este color. Aunque era más pequeño que el anterior, también tenía al centro una cancha de fulbito y un partido en marcha. Aparentemente, a la mayoría le gustaba jugar pichangas y también, bailar salsa. DAN DEN, el grupo Niche y Marc Anthony fueron los favoritos de los hogares que estaban en el camino hasta la comisaría y la parroquia.

Eran aproximadamente las seis de la tarde. Poco a poco, las callecitas y los pasajes empezaron a perder su tranquilidad. Era la hora de salida del turno de tarde, de dos colegios estatales. Fue una experiencia realmente curiosa, porque no estaba viendo niños y adolescentes vestidos con el típico uniforme único. Eran centenares de chicos que salían de colegios que no estaban pintados con el anaranjado que caracterizaba a todos los centros educativos construidos por el ingeniero Fujimori y, al parecer, estas distinciones eran fruto del trabajo de una APAFA organizada. Pero además de estas diferencias institucionales, los colegios también se habían convertido en un blanco distinto, pero estratégico, para los vendedores de comida. Era imposible dejar de percibir el olor de un “perrito caliente” en una parrilla. El señor de los algodones color rosa ya había vendido todo. Pero tranquilidad señores, aún quedaba canchita salada o dulce para todos los gustos y si les sobran unas moneditas también pueden jugar en los tragamonedas de Pokemón y sus amigos, que están en las bodegas más cercanas.

Derecha e izquierda. Yo continuaba sorprendida con la cantidad de pequeños que se concentraban en torno a una de esas maquinitas que sencillamente de dedicaba a tragarse sus monedas y lucrar de ello. Pero mi sorpresa se convirtió en indignación cuando llegamos a la pequeña plaza que unía la Comisaría y la Parroquia, y otro grupito de chicos, de no más de siete años, estaba pegado a los botoncitos de ese vicio. ¿Eran ciegos los policías? o ¿también les gustaban las maquinitas? ¿La Iglesia no exhortaba acaso a sus fieles, para que dejaran todo vicio? o ¿los niños no estaban incluidos en este grupo? Vaya dudas.

Ya empezaba a anochecer y tenía que tomar el bus de regreso. Sin embargo, no me fui sin ver, desde aquella cuestionable plaza, dos grandes cerros repletos de lucesitas. Adri me explicó que estaba viendo Villa María del Triunfo y Villa El Salvador, y yo no pude pronunciar palabra alguna. La vista era verdaderamente impresionante, impactante.

La 73 A me ofreció un asiento para el regreso. A los pocos minutos, llegamos al cementerio Santa Rosa y lo demás era camino conocido, Chorrillos y Barranco. Yo seguía atónita. Mi cabecita cuestionaba muchas cosas pero, entre ellas, la principal era el contraste entre zonas tan aledañas. Empecé a preguntarme cómo podía sentirse un chofer que manejaba por conquistadores de San Isidro, Larcomar de Miraflores, y también por Pamplona, Villa María, San Juan de Miraflores, Chorrillos y Barranco. Cuántos contrastes ha de experimentar en un mismo día, probablemente ya sea para él una cuestión de costumbre, pero es inevitable reconocer que Lima es una y miles a la vez.

Ahora yo podía agregarle unos cuantos trazos a mi mapa. Sin embargo, la experiencia ya no me permitía conformarme con eso. Quería algo más, tal vez conocer más para reconocerme realmente como ciudadana.

No hay comentarios: