domingo, 25 de marzo de 2007

Reflexiones en el micro

Una vez me preguntaron si tenía historias de taxistas. Probablemente sí, aunque lo primero que se me viene a la mente al pensar en ellos es el miedo. Prefiero mil veces irme en micro, que viajar sola en un taxi; incluso, puedo pagar S/.13 para regresarme a mi casa, desde Miraflores, con tal de sentirme tranquila en un taxi. ¡En fin! Puedo contarles un par de historias de mis travesías en taxi; pero, caprichosa como me conocen algunos, he decidido no hacerlo porque tengo algo mejor que contar. Les presento, a continuación, una historia de los últimos días:


Uno de mis micros favoritos es “el moradito”, mejor conocido como la “T”. Me gusta que sea grande, me simpatizan los cobradores porque suelen ser amables y se alegran cuando uno les agradece al bajar del micro. Los choferes corren poco y yo voy feliz mirando por la ventana una ruta que me agrada, por lugares conocidos en los que me siento “más segura”.

Cuando preparábamos la obra que presentaríamos al llegar a Pucallpa, me percaté de que las escenas en los micros pueden representar muy bien muchas cosas de nuestra cultura, de nuestra cotidianidad, de lo que somos, de lo que seremos.
¿Qué caracteriza un paseíto en micro, para ustedes? ¿Los personajes?, ¿cuál de ellos?; ¿el cobrador, el chofer, el datero, el que se pelea por el medio pasaje, los vendedores ambulantes…quién? O tal vez lo más distintivo es la música ¿Una rica salsa?, ¿qué tal un poco de cumbia o una chicha (no de aquella que me desvanece)? Aunque, pensándolo mejor, el reggaeton le va mejor a las combis y micros de nuestros días, ¿no?

Para mí, la respuesta implica una mezcla de todo y ahí empieza mi problema. Muchos de los componentes de mi escena evocan cosas que no están andando bien, como los vendedores ambulantes.

Los peruanos somos creativos, sí. Hemos aprendido a subsistir, a hacerle frente a la recesión, al desempleo; sí. Pero ese pensamiento no me contenta, al contrario me da cólera. ¿Por qué una señora tiene que pedir dinero para operar a su hija en Neoplásicas?, ¿por qué pequeñitos que deberían estar jugando, suben a cantar y bailar, meciéndose de un lado al otro con las frenadas del micro?, ¿por qué un discapacitado tiene que vender caramelos, en vez de sentarse en el “asiento reservado” y cobrar una pensión digna, mientras desarrolla sus habilidades en algún tipo de taller? Y lo más fuerte de todo: ¿por qué dudo de ellos?, ¿por qué a algunos les doy una monedita y a otros no?, ¿soy una insensible?, ¿los estoy perjudicando cuando “les colaboro”?, ¿qué es lo que se debe hacer?.....Todo esto pasa por mi mente cuando empieza el clásico “Señores pasajeros, discúlpeme por interrumpir su lindo viaje…”

Mientras espero respuestas, seguiré escuchando una de esas tantas canciones de micro, de aquellas que son capaces de trasladarte al pasado, de hacerte reír o entristecer en un mismo viaje.

Hasta entonces, me quedo en compañía de la 94.3, la Mega.

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