domingo, 25 de marzo de 2007

Quién, qué y cómo soy

Detesto que la gente, especialmente los hombres, me hagan sentir “la mujer perfecta”, cuando conversan conmigo y sólo recalcan que adoran mi sonrisa, mi carisma, mi forma de ser. Y, aunque tal vez la alegría sea el rasgo principal de mi carácter, puedo ser sumamente desesperante cuando me gana la terquedad. Por eso, prefiero a los hombres sinceros, capaces de admirar lo bueno y de confesar lo malo. Después de todo, esa es la actitud que pretendo asumir al escribir este autorretrato.

Mi sueño dorado es ser feliz y eso es, al mismo tiempo, mi mayor tormento. No voy a entrar en discusiones aristotélicas sobre qué es la felicidad, pero sí creo que es importante destacar que, para mí, la felicidad no es un estado de ánimo, sino una actividad. Para que yo sea feliz, necesito mejorar cuestiones personales, así como también preciso trabajar con mi gente, para lograr cambios sociales en el Perú.

De lo anterior, se desprende un poco mi ocupación favorita en los ratos libres. Probablemente una imagen nos ayude a explicar esto. Imagínese a una joven señorita, echada en su cama o en el suelo, escuchando trova mientras filosofa sobre las cosas de vida. Esa soy yo y mi soledad, en nuestro momento idílico.

Sin embargo, el que disfrute de mi soledad no significa que sea soltera. En efecto, soy soltera pero tengo enamorado y cada día lo quiero más. Eduardo no es el hombre perfecto, aunque yo creo que “se acerca a lo que yo, simplemente, soñé”, como cantaba Pablo Milanés.

Edu estudia Derecho en la PUCP y nada en el equipo del Regatas. A mí me encanta verlo competir, porque la natación es mi deporte favorito; sin embargo, para mantenerme en forma prefiero la danza. Gracias a él y a la danza he aprendido a conocerme más y a pensar más en mí. De esto se trata, probablemente, la reforma más importante que he emprendido en esta etapa de mi vida.

No me considero una persona caprichosa, pero no voy a negar que me fascina que me engrían. Esto se puede lograr si alguien me invita a comer un lomito saltado, por ejemplo. Para muchos amigos, esto revela mi “complejo de princesa”. De hecho, me gusta soñar, bailar vals, usar zapatos de taco y hablar con propiedad. Adoro las historias de las monarquías, pero creo que soy demasiado realista, a veces, como para ser una mujer de la realeza.

Admiro al Principito por su sensibilidad e inocencia. Creo que yo estoy en un proceso similar al que él emprendió cuando abandonó su planeta. Actualmente, estoy en un estado de descubrimiento del mundo y de mí. Ojalá este viaje no se acabe nunca, porque es sumamente difícil y enriquecedor.

Yo quisiera morir, habiendo aprendido algo el instante antes de dejar este mundo. De la mano de la persona a la que amo, recostada en nuestra cama, deseo cerrar los ojos para volver a despertar juntos en un más allá.

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