domingo, 25 de marzo de 2007

Por ti, aguanto tanto

Todo comenzó con una llegada accidentada: eran las 8:30 pm, yo estaba en mi casa en Barranco y sólo tenía treinta minutos para llegar a la PUCP. No estaba dispuesta a perderme el concierto de Agua Marina y el destino conspiró para no perderme aquella nueva experiencia.

9:00pm en punto. Quince alumnos del curso de Ciudadanía y Responsabilidad Social reunidos en la puerta principal de la universidad, ansiosos por partir rumbo al esperado concierto. Pero, de entrada, ya había una gran diferencia. Íbamos a un concierto, pero ninguno estaba vestido como usualmente lo haría para ir a un espectáculo en el Monumental o en el Jockey. Más nos importaba estar abrigados y “acorde con la situación”, esto es: con zapatillas (porque seguro el piso era de tierra), sin celular (para evitar que se lo robaran, aunque algunos no se libraron de tal desventura), las mujeres sin maquillaje ni joyas y los hombres sin gel. La idea era “pasar desapercibidos”; en fin, que a menos valga el intento.

En el camino, era claro el contraste entre nuestro bus tipo escolar vs una gran cantidad de micros, combis y custers que andaban repletos. Poco a poco, el recorrido se fue haciendo más desconocido, hasta que se impuso ante nuestra mirada el gran Mega Plaza. Puedo jurar que jamás había visto tal movimiento de gente en un centro comercial. Eran más de las nueve de la noche y los compradores (porque la mayoría salía con bolsas) seguían entrando y saliendo. Continuamos recorriendo la Panamericana Norte. De pronto, apareció ante nosotros otro local gigante. La música nos tentaba seguirla; era DAN DEN y su Torbellino de amor que cantaba esa noche. Llegamos al óvalo “El Naranjal”. Saltaba a la vista el contraste entre los dos extremos de la vía. A un lado, la carretera con grandes locales, luces y más pistas. Al otro, un cerro repleto de gente; al menos así lo hacían aparentar los miles de puntos amarillos luminosos que provenían de estas viviendas. Empezaba a hacerse evidente el contraste entre espacios contiguos, cercanos, pertenecientes a un mismo país.

Y llegamos. No tuvimos otra opción que comprar reventa, para ingresar sin hacer cola; hecho discutible, definitivamente, pero que no tiene caso discutir en este breve espacio. Momento de la curiosidad: ¿quiénes eran esos muchachos que llegaban en una custer? ¿Acaso una orquesta? Maybe extranjeros no? No señorita, somos peruanos que venimos a ver el concierto. Ok, trato cerrado y todos adentro del “HuaraLino”.

El local era enorme y el escenario no se quedaba atrás. Luces, pantalla gigante, todo la familia Quiroga Querevalú en escena con sus instrumentos y las infaltables bailarinas con atuendos de lentejuelas azules y blancas. Un carro amarillo 0 kms y algunos electrodomésticos, junto con una imponente torta de cinco pisos, adornaban los extremos del escenario. Aguamarina celebraba su tercer aniversario “sacando la casa por la ventana” y eso era sinónimo de su éxito.
Caminamos en medio de la gente, en búsqueda de nuestra ubicación. Todos bailábamos en filita mirando al escenario, como niños impresionados con el show de alguna de sus inolvidables fiestas infantiles. Éramos nosotros entre vendedores de cigarros, caramelitos, chocolates y agua. Nosotros en medio de grupos de jóvenes y adultos en ronda; cercando, cuidando y divirtiéndose alrededor de una caja de cervezas, hecho que ya no me parecía extraño. Hacía tres semanas, yo acababa de regresar de la Sierra y había visto algo similar. Todo iba indicando, efectivamente, que en este concierto habían peruanos provenientes de provincias o hijos de tales; cuestión que hacía más rica y profunda la experiencia, pero que también señalaba diferencias.
Y ¡llegó la hora de bailar! Tras rechazar mi iluso deseo de moverme al ritmo de las bailarinas del escenario, me dediqué a disfrutar del rico ritmo de las canciones. De pronto, una palmadita en el hombro me sugirió una invitación a bailar y así empecé a bailar con Julio.
Julio era piurano, fiel seguidor de sus paisanos de “Agua Marina”, en concreto: el fan ideal. Entre el baile y el canto, porque debo confesar que se sabía todas las letras, me preguntó de dónde venía. “De Barranco”- le respondí y, casi de inmediato, él dijo “Ah, de Lima”. En ese mismo instante sentí la brecha, la distancia, la lejanía que implicaba su afirmación. En efecto, él me comentó que le parecía raro que “una chica como yo” asistiera a uno de esos conciertos, en lugar de estar bailando pop o salsa en una discoteca. Creo que en ese instante me dio cólera la perspectiva que este joven tenía de “los de la capital”. No era culpa suya, en efecto, sino del comportamiento discriminatorio de este grupo capitalino, que ha calado en el pensamiento de todos los peruanos. El menosprecio, el desdén y la discriminación , como bien decía un antropólogo de la PUCP, se habían ido ganado una carta de ciudadanía en nuestro país. Julio, que había venido a Lima a trabajar hacía cuatro años, ya lo sabía y lo sentía.
Seguimos bailando. Era mi turno de contarle mi opinión sobre la cumbia de Agua Marina, situación bastante curiosa. Los dos concordábamos en que nadie podía negarse a bailar al tono de esta música; pero mientras que, para mí, muchas canciones eran similares porque se referían al mismo tema (usualmente un amor despechado); él me respondió, al son de Tu amor fue una mentira, que cada canción era única, porque expresaba lo que ellos sentían en situaciones diferentes. Incluso el estilo del canto hacía que sienta más cercana la canción; esta era la voz más propia de lo que experimentaban en la cotidianeidad. Aquella voz llorosa no solo era expresión de tristeza o frustración, sino también una fuente de fortaleza, “de alegría de vivir”- como decía Julio. Por ello, “aguantamos tanto”. Y este fue su comentario final. Las condecoraciones en el escenario y la aparición de Marina Yfac no permitieron que concluyéramos esta breve conversación.

Regresé a bailar con el grupo de la clase y Alejandro, un amigo de Julio, me invitó a bailar. Él era cajamarquino y esa noche era la primera vez que asistía a uno de estos conciertos. Apenas le respondí la misma pregunta de mi lugar de procedencia, me dijo que se notaba que era “estudiante y culta”. Con paso fino, yo traté de explicarle que eso de “culta” no me había sonado del todo bien, en especial porque era como un sinónimo de un sentimiento de más y menos, donde él era el “menos ilustrado” y yo “la erudita”. Pero Alejandro no le concedió tanta importancia a mi comentario y, en su lugar, me ofreció una chelita. “No gracias”- le dije mientras le contaba que no me gustaba tomar. “Entonces una gaseosita”- respondió, y yo agregué un “No, gracias. Tal vez más tarde”. “Ya, pues, al menos un cigarrito”, pero debí confesarle que no fumaba y jajajajaja, los dos terminamos riendo. Entre risas, me preguntó porqué mis amigas no bailaban y yo no supe muy bien qué responder. A él le parecía extraño que yo hubiese aceptado su invitación a bailar y yo ya no sabía cómo hacerle entender que no tenía ningún problema con ello. Nuevamente la cultura y los prejuicios, sin pedirnos permiso, empezaban a bailar entre nosotros.

Eran casi las 2am y teníamos que regresar a la PUCP. Para salir, teníamos que abrirnos camino entre la gente, pero no todos los concurrentes nos miraban bien. Empecé a sospechar que estábamos rompiendo una especie de “norma tácita del baile”, pero creo que lo que sucedía es que era extrañó que quince jóvenes caminaran en filita india, en medio de ellos, que estaban dispuestos a quedarse hasta las últimas en aquel espectáculo.
Finalmente estando todos juntos, regresamos al bus. Lastimosamente, algunos sin todas sus pertenencias. Y fue así como empezó el regreso, una pizca de cansancio y mi cabeza pensando qué rayos tenía que ver todo eso con ciudadanía, democracia o sociedad civil. Faltaba una pieza, recordaba que ciudadanía era “comunidad política” y, en ese sentido, todos los que habíamos estado esa noche en el concierto éramos ciudadanos, pero tal vez no todos pertenecíamos a una misma comunidad cultural.

Ciertamente no éramos miembros de una misma comunidad cultural y esta música era una prueba de ello; algo así como un medio de reivindicación de lo andino en la ciudad. Un canto a su lugar de su origen, un “huayno moderno”, porque quienes viene a la capital son “modernos”[1]. Un canto que despierta la reflexión y nos incita a empezar a considerar que las diferencias no tienen que ser necesariamente problemática. Sólo es cuestión de respetar y dejar de construir barreras. Para ello es necesario CONOCER y este ha sido un ensayo en esto último

[1] Idea extraída de INSTITUTO DE ETNOMUSUCOLOGÍA PUCP, Ciudad Chicha. PUCP: 2005

No hay comentarios: