Cruce de Bolívar con Universitaria. Brazo derecho extendido y el cobrador de la 148 baja del bus para que podamos subirnos allá atrás, “donde hay sitio”. Según la señora sentada al costado de Nubia, nos demoraremos, como mínimo, 40 minutos en llegar a Mega Plaza. Claro, si tenemos suerte, porque son casi las seis de la tarde y la gente empieza a salir a las calles para regresar a sus casas.
La Universitaria se prolonga cada vez más. Pasamos por San Marcos, hasta llegar a la Av Benavides. Pero no se trata de una avenida caracterizada por tener numerosas tiendas, entre farmacias, restaurantes y casinos. Esta Benavides casi no tiene establecimientos de este tipo, sino grandes terrenos cercados por muros pintados con la propaganda electoral de las próximas elecciones municipales. Desde luego, tampoco pasan desapercibidos los carteles con letras fosforescentes, que revisten estas paredes, anunciando la fecha y el lugar del aclamado “Festival Internacional de la Salsa”.
Tráfico.
Se me concede un periodo extenso de tiempo para observar la calle y una palabra asalta mi pensamiento: informalidad. Desde la ventana de mi asiento, veo una variedad de vendedores ambulantes, desde quienes te ofrecen habitas y maní, hasta los que te venden papel higiénico Elite. Desde luego, este detalle no es característico de esta ruta, sino que funciona como una especie de “servicio plus de ventas no solicitado” que brinda el personal no contratado por el transporte público de nuestro país. Seguimos indagando. Muchos restaurantes ofrecen “menú” a cambio de unos cuantos solcitos. Las infaltables pollerías están repletas de parejas; mientras que, las cabinas de Internet están saturadas de jóvenes que entran al MSN o se envician con uno de estos nuevos jueguitos electrónicos. De pronto, sigue una encadenación de consultorios odontológicos. ¿Tantos dentistas, tan cerca?- me pregunto. Ello implica competencia por captar clientes. Cuestión de precios y, por lo general, un precio menor implica un servicio con recursos de menos calidad. ¿Estamos hablando, acaso, de un mercadeo de la salud? Informalidad, otra vez asaltas mi mente.
Tráfico.
Ahora mi atención se centra en las casas y demás construcciones. Un número significativo de estas están a medio acabar. Por lo general, se trata de un tercer piso inconcluso o casas de ladrillo “en casco”. Las veredas presentan acentuados desniveles y si no es un sitio que colinda con algún establecimiento público, es mejor caminar con atención porque la escasa iluminación, en algunas zonas, puede provocar una caída o un asalto.
Tráfico.
Momento de ver cómo se comportan los transeúntes. No hay mucha diferencia con los de otras rutas, simplemente, hay mucho más movimiento. Hombres, mujeres, estudiantes y trabajadores se desplazan de un lugar a otro. Algunos se detienen en la esquina para comprarse un emoliente, otros esperan “su carro” en éstas o donde les sea más cómodo, siempre y cuando no haya un policía por ahí. Los carros están repletos y la gente, cansada.
Ahora observo a los pasajeros. Los afortunados duermen en sus asientos, abrazando sus pertenencias para que no sean arranchadas por un “choro”. Los que están de pie, parecen jugar “gelatina” con cada frenada que da el conductor. Pero nadie protesta. Al fin y al cabo, todos terminamos acostumbrándonos a los “correteos”. Y aunque no creo que este conformismo sea una costumbre muy positiva, parece que también se ha ganado una “carta de ciudadanía”.
Ya en la Panamericana, el paisaje cambia. El SENATI nos avisa que falta poco para llegar a Mega Plaza. “Bajo en el puente”. El carro se detiene y los ruidos de los carros, acompañados por una sinfonía de cláxones, nos dan la bienvenida al mega centro comercial. Son las 7:40 pm, hora de regresar. No obstante, la curiosidad por conocer este lugar nos obliga a coordinar otra fecha para regresar. Es momento de ir en busca del bus de regreso y para ello debemos cruzar el puente. Muchos suben y bajan, se siente el temblor que los micros originan en el piso de los puentes. Las tres estamos muy atentas y nerviosas. Caminamos con “paso ligero” hasta llegar al otro ladote la pista, donde un “datero” nos dice que ya no pasan micros para la Universitaria, a esa hora. Histeria! No conocemos bien el lugar y nos da miedo que nos roben el carné universitario o nuestro par de soles, porque, desde luego, no llevábamos puestos ni aretes, ni relojes, ni portábamos carteras. Felizmente una 148 vino a nuestro rescate, aunque, esta vez, con menos pasajeros. Aparentemente, la mayoría se desplazaba hacia Los Olivos o algún lugar específico del Cono Norte.
Tráfico, para la reflexión final.
Es curioso, después de todo no habían tantas diferencias entre el servicio de transporte de esta ruta con las demás. En la mayoría de casos, los pasajeros y transeúntes se comportaban de modo homogéneo. Sin embargo, la sensación y el nivel de alerta, que nosotras dispusimos para este viaje, fueron más intensos. Es que, no estando muy lejos de nuestro espacio cotidiano, este alrededor nos resultaba extraño, produciendo desconfianza y temor. ¿Fuimos precavidos, entonces, al despojarnos de todos los objetos de valor? o ¿fuimos prejuiciosos y temerosos con antelación? Creo que tiene que ver un poco con ambas interrogantes. Lo conocido suele inspirar seguridad y tranquilidad. Sin embargo, no somos conscientes de que las calles por nuestras casas son igualmente inseguras y peligrosas. Y no queremos ser consientes. Nos basta con lo que conocemos y pensamos. Pero los ciudadanos verdaderos no viven en burbujas, señores. Ellos radican en la comunidad política y, en este sentido, tienen que empezar a eliminar o reforzar toda idea previa que tiene sobre lo que “le es ajeno”.
Ya no hay más tráfico. La hora punta ha terminado y coloca el punto final de esta memoria
domingo, 25 de marzo de 2007
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