Una noche del año 2000, llegaron miles de personas, al Nuevo Pachacútec, en camión. Llegaron sin saber, que eran parte de la estrategia publicitaria de uno de los candidatos a la presidencia. Llegaron con esteras, agua y hasta una posta de salud y tuvieron todo, hasta que se acabó la campaña.
Dos años después, emergió en un grupo de personas, lideradas por un sacerdote, la inquietud por atender a aquellos que tenían deseos de aprender y desarrollarse como profesionales, ampliando sus oportunidades. Ellos querían demostrarles, a los pobladores pobres, que su dignidad no era un producto que se adquiría por tener dinero, sino por el hecho de ser seres humanos. Nació así el Proyecto Universidad Católica Callao, sin una mentalidad asistencialista, sino creyendo en que el bien individual- yo puedo estudiar en instalaciones limpias-, se sustentaba en un bien colectivo- que todos puedan estudiar en instalaciones limpias-, tal como lo propone el enfoque de Responsabilidad Social.
Cuatro años después, llegaron un grupo de estudiantes de la PUCP a visitarlos, como parte de su curso de Ciudadanía y Responsabilidad Social. Ellos no sabían a dónde iban y no habían mayores referencias para orientarlos. Ventanilla era prácticamente un desierto en el mapa de la ciudad. El único indicio de que estábamos cerca, eran las propagandas electorales que ofrecían “salud y desarrollo”. Salud y desarrollo para millares de casas y familias, que viven entre cerros, tras muros sin pintar, bajo techos sin esteras, por lo que se filtra la lluvia y el sol. Buses cisterna que les traen agua, niños y madres cargando botellas con agua. Suelo de arena que lija sus pies ¿Cómo estarán sus pies, después de tanto andar, en la misma arena, viendo el mismo paisaje, igual, cada día?
Pies cansados y heridos. Ojos tristes y aburridos de ver siempre lo mismo. Impotencia e injusticia en su pensamiento, porque todo es igual, nada ha cambiado y parece que nada va a cambiar. ¿Cómo se puede hablar de desarrollo acá?
El desarrollo no es un regalo, que llega como una donación y se acaba al agotarse el espíritu filantrópico del “buena gente”. El desarrollo se construye y lo construye la gente que se compromete con él, la única que tiene la potestad de arriesgarse, en búsqueda de la ampliación de su libertad; aún cuando, al parecer, la pobreza se ha llevado toda fuente de libertad. Esta gente, a veces, no tienen qué comer y si el camión cisterna no los ve por el camino, tampoco tendrán agua potable ese día. La educación y la salud parecen ser servicios para privilegiados, para otros. Y con todo esto, cabe dudar si uno puede desarrollar capacidades para salir adelante.
Sí se puede, pero el camino es desafiante.
Se necesitan condiciones, oportunidades y capacidades equitativas, para contrarrestar las fuerzas que promueven la inequidad. Se necesita que el Nuevo Pachacútec sea competitivo, no en términos de productividad, sino como una característica para promover el progreso de la comunidad en la que se desenvuelven. Para esto, solo se necesita compromiso y capacidad de inventiva; y el Proyecto Universidad Católica Callao, cuenta con ambas cosas.
Esta institución, que busca preparar profesionalmente a todo joven de Ventanilla que haya concluido la secundaria, ha dado origen al trabajo integrado de un conjunto de actores sociales, que parecía que, ni si quiera San Martín, con su platos de comida y de agua, podría unir, como al gato, al perro y al ratón. El Proyecto Universidad Católica Callao sí ha podido unir a empresarios, como Gastón Acurio, y a empresas, como Repsol y Telefónica. Este Proyecto ha hecho posible el trabajo articulado entre el gobierno central, regional y local. Pero este Proyecto también convoca a monjas de claustro, universidades, el BIF y a otros actores de la sociedad civil. Y todos estos “comprometidos”, no por la garantía de un anillo con brillante, sino por el deseo de ver brillar este Proyecto; se han arriesgado a participar en esto, sabiendo que esto los transforma y cuestiona su papel como ciudadanos.
Con pocos recursos y con un buen objetivo a perseguir, el Proyecto Universidad Católica Callao, está creando un ambiente tranquilo para estudiar, reflexionar y dar origen a un montón de nuevas ideas; todo esto, sin ruido, con vista al mar, con sensación a libertad. Pero he aquí un problema.
La infraestructura, el paisaje y el clima de convivencia que se vive en la Universidad, no es el mismo que estos jóvenes viven el sus casas, en su día a día. La Universidad pronto tendrá áreas verdes y, hasta el momento, ya cuenta con un par de canchas deportivas y con aulas que se adaptan para enseñar baile y teatro los sábados. El vecindario, por el contrario, apenas tiene arena y vista al mar, pero no hay espacios recreativos ni áreas verdes y el mar no le habla de libertad a los pobladores. En la Universidad tienen agua potable y desagüe, en sus casas esto es un lujo que no pueden solventar y que las autoridades no están interesadas en proporcionar.
Contrastes, esta palabra ronda mi cabeza de futura Comunicadora para el Desarrollo. Y llego a una conclusión: no es cuestión de crear algo que solucione estos problemas, es cuestión de dejarlos crear, a ellos. Yo, como Comunicadora para el Desarrollo, podré diseñar e implementar prácticas creativas de comunicación para “mejorar su calidad de vida”, pero no tengo espíritu filantrópico, porque prefiero ser socialmente responsable, prefiero participar también en el proceso de transformación que implica esto. Por ello, les propondría a estos jóvenes, que se atrevieran a ser agentes de su propia historia y, si aceptan, tendrían que resignarse a pensar día y noche, cómo podrían disminuir esta brecha entre la Universidad y el escenario cotidiano de sus vidas. Yo estaría ahí para asesorarlos en la creación e implementación del proyecto. Yo podría contarles mi experiencia con otros proyectos, como el de Educación Sexual en Curahuasi o el de Teatro Intercultural en Pucallpa; y todo esto sería para alentarlos a no desistir en el intento, porque aunque comiencen en cero, podrán llegar lejos. Todo depende de ellos.
Empleando las herramientas de la comunicación, también podríamos crear juntos, propuestas para difundir lo que hace la Universidad. La idea sería invitar a nuevos actores a transformarse con nosotros. Lo interesante de esta propuesta, es que integraría, además de los estudiantes, a los que trabajan y están a cargo de este Proyecto Universidad. Imaginémonos sentados en una mesa a un grupo de estudiantes con un par de sacerdotes, junto a unas cuantas monjitas, con algunos empresarios, que no paran de hablar con los rectores de las universidades y estos, a su vez, con los representantes de los gobiernos centrales, regionales y locales. Suena bien, huele a debate y se ve efectivo; solo falta probarlo.
Por el momento, tal vez mi presencia pueda servir de apoyo. Aún me falta aprender muchas cosas en facultad, para poder ponerlas a disposición, y a prueba, en este Proyecto. Pero yo soy una convencida de que el Desarrollo no es algo que te espera. ¿Si no cómo puedo decir que soy libre? Mi propio bienestar no es posible sin el de quienes me rodean. Tal vez yo no vea a Ventanilla cuando miro por la ventana de mi cuarto y, probablemente, ellos tampoco me ven de sus casas. Pero veo el mar y esto nos une. Ya los conocí y esto me impide continuar sin tenerlos en mente. Y no voy a trabajar por “mejorar la calidad de vida de los pobladores”, o de los jóvenes. Voy a mejorar también mi calidad de vida, si es que entendemos por ello, no sólo la satisfacción de las necesidades básicas, sino también la apertura a nuevas oportunidades, para crecer. Y como el crecer es parte de un proceso sin final, me atrevo a dejar esta última crónica sin punto final, porque aún faltan muchos caminos por recorrer
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